Bueno, George, se está llegando la hora de tu partida. Siempre pensé que sería un final espectacular, pero está visto que tú no naciste para la grandeza a pesar de tus conversaciones con Dios, que me imagino ahora son más continuas, porque que en estos ocho años de gobierno, él nunca te ha abandonado, siempre ha estado contigo, guiándote, orientándote.
Sabes, George, siempre que pienso en ti, recuerdo a Juan Peña; es el personaje de un cuento venezolano, quizás el más espectacular de la narrativa corta de mi país, se titula El Diente Roto y fue escrito por Pedro Emilio Coll. Según el relato, Juan era un chamo tremendísimo, una especie de malandrito que se la pasaba haciendo maldades a tútirimundachi; pero un día recibió un peñazo en la boca que le partió un diente, y desde entonces, el carajo no hacía otra cosa que acariciarse el diente roto con la punta de la lengua. Sólo eso hacía, a todas horas; parecía que estaba hechizado, como conversando con Dios, al igual que tú.
Lo cierto es que ante el insólito cambio (imagínate, pasar de zagaletón a estúpido), su mamá lo hizo examinar con un médico muy sabio. Y éste, encontrándolo en perfecto estado de salud, emitió el siguiente diagnóstico: El niño padecía la extraña enfermedad del mal de pensar, era un ser prodigioso. ¡Coño. Verga. Carajo! Dijeron su papá, su maestro, el cura, sus familiares y todos sus vecinos, ya que sabían que Juan era, si no tan bruto como tú, quizás lo más parecido a ti, George. Pero qué carajo -dijeron todos-, si lo dice el doctor, que es el hombre de la ciencia, tiene que ser verdad.
Y desde aquel día, Juan fue venerado por todo el pueblo. Le regalaban libros y más libros que él no leía, le preguntaban de todo, hasta cosas extrañas y él no respondía; por ninguna razón interrumpía sus profundas meditaciones y todos se maravillaban porque aquel ser extraordinario no tenía tiempo sino para pensar. Pero él sólo acariciaba el diente roto con la punta de su lengua. Y fue incorporado a la Academia de Ciencias como miembro de número, fue elegido al Congreso Nacional e iba a ser nombrado presidente de la República cuando lo sorprendió la benévola muerte. Y Juan tuvo un final feliz, fue decretado duelo nacional, y todos lloraron su partida y pedían que la iglesia lo santificara. Y al parecer, los obispos y cardenales estuvieron de acuerdo.
George, como puedes ver, en aquel pueblo sólo Juan no pensaba. ¿Y tú, acaso piensas, y acaso piensa el pueblo usa-americano? Probablemente sí, al fin y al cabo, el pensamiento en este barranco civilizado no es más que un reflejo condicionado. Tú y los usa-americanos y todos los civilizados responden en base a los estímulos provocados por un sistema de creencias fundado básicamente en mentiras, y que la familia, la escuela, la iglesia y los medios de comunicación se encargan de validar y sacralizar. Y por todas partes andan los Juan Peña y los George exaltando las maravillas y prodigios del progreso del mundo civilizado, y parangonan la libertad de pensamiento, pero, ay de aquél o aquélla que se atreva a pensar diferente, lo mandan directo a Guantánamo o a la tumba.
Bueno, George, en esta hora de tu partida, ¿quién te llorará, quién te recordará con amor o sentirá nostalgia por ti? Coño, hermano, parece que nadie. Creo que millones, o miles de millones en el mundo entero, estarán diciéndote: ¡Vete ya, maldito asesino! (¡Go now, you fucking murderer!), y Mc Cain te estará gritando, ¡Go to hell, fucking crazy! (¡Vete al infierno, maldito loco!). ¿Cómo te nombrarán, George? Tal vez como el Carnicero de Bagdad, o el Monstruo de New Haven, o el Maligno de Midland, o el Verdugo de Guantánamo, o El Asesino de Abu Graib, o El Coñoesumadre de Faluya, o quizás, para ser más generoso contigo por los favores recibidos, Obama te recordará como el Borrachito de la Casa Blanca, porque qué fácil se la pusiste al negro, George, demasiado fácil para que ganara la presidencia.
¿Por qué no te haces un favor, George? Llénate, aunque sea por una vez en tu miserable existencia, aunque sea por un instante de tu perra vida, llénate de coraje, toma una pistola y pégate un tiro, o tómate unas pastillas de esas de matar a tus pares, las ratas. Tal vez así, alguien en el futuro diga, Por lo menos tuvo un prurito de vergüenza.
Hazlo, George, es un consejo de amigo que te doy.
Good bye, Mr. Bushrro
sábado, 8 de noviembre de 2008
Publicado por Ramiro Meneses en 3:06 p. m.
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