PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO…

domingo, 27 de abril de 2008


Ramiro Meneses

a María León, ministra de Estado (¿Por qué no del Poder Popular?)

para Asuntos de la Mujer



Cuando pequeño me enseñaron a rezar el “Padre Nuestro que estás en el Cielo…”

También, que debía portarme bien, para que cuando muriera me fuera derechito al Cielo. Y me ponían de rodillas, siempre mirando pal techo, a rezar al Dios Padre para implorarle que perdonara mis pecados.

Pórtate bien, hijo mío, pórtate bien.

Y me hacían repetir algo parecido:

Honrarás y respetarás al Patrón, Gran Padre, dueño y señor de todas las cosas.

Defenderás la propiedad privada y no codiciarás los bienes del Patrón.

No robarás en las tierras de tu Patrón, ni en sus fábricas, ni en sus tiendas ni en sus casas, aunque te mueras de hambre.

No desearás las mujeres de tu Patrón, ni sus hijas, ni las mujeres de su familia; todas ellas son sagradas.

Nunca dirás del Patrón que es un explotador, ni cosas semejantes; de él no puedes levantar falsos testimonios ni decir mentiras.

No te afiliarás al sindicato.

No cometerás actos impuros distribuyendo panfletos o escribiendo consignas en las paredes.

Nunca, nunca, participarás en las huelgas.

No comulgarás con ideas o pensamientos impuros de anarquistas, socialistas o comunistas.

No matarás, sólo lo harás en las guerras justas que declare tu Patrón y bendigan los santos pastores de nuestra iglesia.

Pórtate bien: Trabaja responsablemente para que el Patrón esté contento con tu trabajo y no te despida.

Recuerda: Pórtate bien, pórtate bien, pórtate bien…si no irás derechito al Infierno y allí estarás quemándote en una paila por los siglos de los siglos, hasta la eternidad.

Igual me enseñaron que había un Padre, todopoderoso, que todo lo veía y todo lo sabía. El vivía en el Cielo con los santos y con los ángeles (y, según un inventador de oficio, con los agraciados que podían pagar la entrada). También que había un santo Padre de nuestra iglesia, y un padre de la democracia, y un padre de la poesía, y un padre de la medicina, y uno de la patria, y otro de la pintura, y un padre de la manguangua, y uno de las comiquitas, y otro de la filosofía y otro y otro…

Pero mi mamá, que era muy bonita y parecía como vivir en otro mundo, me cantaba:

“Arepita de manteca

Pa mamá que da la teta.

Arepita de cebada

Pa papá que no da nada”.

Ayer no más me enteré por obra y gracia de María que el Cielo no existe.

Supe que allá arriba está lleno de artefactos que nos espían. Que abrieron un boquete muy grande que cada día dificulta más la vida en nuestra Tierra.

También supe que el machismo no es sino una forma más del patriarcalismo, de ese que ha condenado a la madre durante siglos y milenios. Supe que a centenares de miles de madres y hermanas las acusaron de brujas y las quemaron vivas los padres de la iglesia. A otras las torturaron hasta el último respiro.

¿Qué más supe que no sabía, Padre?

Gracias a María supe que hay que mandar al carajo la propiedad privada para que pueda haber verdadera justicia, paz e igualdad entre mujeres y hombres.

También supe que la guerra no sirve a los pueblos sino que es útil al Patrón.

También, que los males que padecemos comenzaron unos cuantos milenios atrás, cuando el hombre inventó la civilización (“fase depredadora del desarrollo humano”), y que el capitalismo es la fase culminante y más terrible de este mundo civilizado.

También supe que el único camino posible para trascender el capitalismo y la civilización y construir un mundo nuevo es la Revolución.

Para Leer otros texto del autor: http://palabraprogenesica.es.tl/

SUBE A NACER CONMIGO, HERMANO AMERICANO

viernes, 25 de abril de 2008

Ramiro Meneses

“Sube a nacer conmigo, hermano./ Dame la mano desde la profunda/ zona de tu dolor diseminado./ No volverás del fondo de las rocas./ No volverás del tiempo subterráneo./ No volverá tu voz endurecida./ No volverán tus ojos taladrados./ Mírame desde el fondo de la tierra,/ labrador, tejedor, pastor callado:/ domador de guanacos tutelares:/ aguador de las lágrimas andinas:/ joyero de los dedos machacados:/ agricultor temblando en la semilla:/ alfarero en tu greda derramado:/ traed a la copa de esta nueva vida/ vuestros viejos dolores enterrados”. Pablo Neruda

Desde las alturas del Macchu Picchu tremola el Canto General con amorosos versos de Pablo Neruda, poeta de nuestra América bolivariana, para convocarnos al encuentro de una nueva vida, de una nueva hermandad; al encuentro de un nuevo amor, profundo, generoso, solidario. Un amor que nos permita trascender las miserias morales, espirituales y materiales; que nos permita superar la violencia, el odio y la cultura de la muerte que nos hemos estado viviendo en este mísero barranco civilizado.

Las ideas de libertad, justicia, paz y confraternidad agítanse por doquier. Un común sentimiento de rechazo a la soberbia y prepotencia de los señores del vil egoísmo recorre las anchas alamedas de nuestro suelo americano. Bolivia columbra los senderos de la redención y por ellos se encaminan millones de hombres y mujeres postergados en sus reivindicaciones históricas. Ecuador también. Los herederos de Manuelita Sáenz sin vacilación siguen raudos la clara voz del nuevo líder.

El grito de la rebelión se extiende por los horizontes en terco afán de cobrar viejas y nuevas deudas a truhanes, embusteros y demagogos.

Un huracán de desafíos y de cambios nació en el Caribe, retumba en Venezuela y propaga sus vientos hacia Brasil; en Argentina se trasmuta en buenos aires, y no llora por la patria herida de San Martín, sino que, convertido en dulce canto a los oídos de los pueblos, ondea airoso hacia el Uruguay de Benedetti. Más al sur, en el Chile profundo de Gabriela Mistral y Vicente Huidobro y Pablo Neruda, el hermano Lautaro, prestos los oídos, otea en el horizonte el grito de la rebeldía: ¡Es Bolívar que anda de nuevo cabalgando y su voz clamorosa convoca a todos a la nueva independencia! ¡Y Paraguay no se resiste al llamado, y presto concurre, como ayer, a la gran marcha victoriosa de la libertad nuestramericana!

Nadie se resiste, ni duda. Como aluvión humano, los indios, los negros, los mestizos: el nuevo y singular género humano que puebla el suelo americano, acude a protagonizar la nueva historia: Bolívar los convoca y todos atienden su llamado. Es nueva hora para construir la libertad, la que el águila norteña aprisiona entre sus garras.

Cabalgando unos viejos burros y yendo de espaldas al mañana, avanzan dos jinetes: Son Álvaro Uribe y Allan García, cada uno con una bolsa llena de dólares: es la paga que han recibido estos judas sudamericanos de manos de sus amos gringos. Cual carujos han cumplido su papel: han montado la celada a sus pueblos y consumado la traición.

El carapálida exterminador de búfalos, asesino de pieles rojas, destructor del ambiente, saqueador contumaz, invasor de pueblos, aniquilador de sueños y esperanzas, ruge fiero y amenazante. No tolera, no permite, no acepta que otros no quieran, ni piensen, ni crean lo que él. Esta desobediencia es inadmisible. Y levanta, nuevamente, su garrote. Pero esta vez, pocos huyen, sólo algunos se espantan; contados son los que reculan: son los uribe, los toledo, los gutiérrez, los García, los rufianes: tristes marionetas sietemesinas, melancólicos títeres con cerebros de aserrín.

Mi hermano negro, mi hermana india y yo, mestizo, avanzamos codo a codo, unidas nuestras manos y nuestros cantos y nuestros gritos y nuestros sueños y nuestras esperanzas. Juntos avanzamos al encuentro de la nueva aurora, al renacimiento, porque volveremos a nacer y construiremos la nueva vida. Nuestros cuerpos y nuestras mentes marchan apegados como imanes.

Debes saber, hermana, hermano, que para salir de la trampa y el engaño, de la mentira y la traición, de la violencia y el odio, de la guerra y el horror de la miseria, debes saberlo, amor americano, tú eres mi única esperanza, y yo la tuya. No vendrán los guerreros carapálidas a salvarnos, sino a redoblar las cadenas del yugo y la esclavitud.

Por ello, amor americano, sube desde los arrabales de la miseria, desde los andurriales del dolor, desde las simas de la tristeza, sube a nacer conmigo y juntos besaremos cada palmo de esta tierra bendita, juntos apresaremos el relámpago entre nuestras manos, y arrullaremos la lluvia y domaremos el trueno y ordeñaremos el tiempo, y de sus ubres sorberemos el dulce elíxir que recorrerá nuestras venas, y volcaremos por nuestras bocas palabras de miel, y festejaremos con nuestros cánticos la nueva aurora, como promesa cierta de alegría, paz y amor.

Sube a nacer conmigo, hermano. La América bolivariana nos llama y no debemos hacerla esperar.