Cuenta la leyenda que en los terribles tiempos, cuando existía el mundo civilizado, hubo al final de esa tormentosa y nefasta época una cosa monstruosa que se llamó capitalismo y nuestra humanidad estuvo a punto de ser exterminada.
Desaparecida la civilización y transcurrido el tiempo, a nosotros, que vivimos en esta era progenésica, se nos hace muy difícil entender cómo nuestros antepasados pudieron vivir en tal estado de salvajismo y barbarie, y lo peor, lo más increíble, no podemos comprender cómo ellos creyeron que vivían un estadio superior de desarrollo de la especie humana.
Sus creencias eran tan estrafalarias que algunos de ellos se consideraban superiores a otros seres humanos: ya porque fueran hombres, eran mejores que las mujeres; ya por blancos, se creían mejores que los que tenían un color de piel distinta; para colmo, vivían divididos en algo grotesco que ellos llamaban clases sociales, y de éstas, las había altas, medias y bajas, y los que pertenecían a las clases altas despreciaban al resto, porque según ellos habían sido “elegidos” por tal o cual divinidad para merecer todos los privilegios. Por ejemplo, vivían en unas cosas que ellos llamaban palacios o mansiones, en tanto las clases bajas habitaban unas viviendas muy incómodas o simplemente no tenían un techo donde cobijar sus sueños.
Esto ocurrió durante todo el período civilizatorio, pero fue más ostensible y grave en la etapa final de la civilización, es decir, durante el capitalismo. En éste, nuestros antepasados lograron un cierto nivel de desarrollo de la ciencia y la tecnología, que a nuestros ojos fue muy precario, pero que les permitió generar cierto nivel de riqueza; sin embargo, algo espantoso e increíble ocurría: mientras en algunas partes del planeta se vivía en la abundancia y el despilfarro de bienes y recursos, en la mayor parte de la Tierra, centenares de millones de personas sufrían la más terrible pobreza, y peor aún, los niños y niñas - nuestros más preciados seres- morían por miles diariamente, víctimas del hambre o de enfermedades curables. Era una situación inaudita, abominable.
Pero lo peor sucedió cuando nuestros antepasados inventaron el Neoliberalismo, fase culminante del capitalismo. Bueno, en descargo de nuestra especie, digamos que fue creado e impuesto por una casta engreída y prepotente que gobernaba lo que para entonces se conoció como “la nación más poderosa del mundo”, porque hasta esas ridiculeces tuvieron y sufrieron nuestros antepasados, y la élite de esa nación, creyéndose superior y con derecho a todo, impuso el modelo neoliberal a todo la población planetaria. Para ello utilizaron el chantaje, la extorsión, las amenazas, las guerras y cuánta atrocidad se les ocurrió a aquellos abominables seres.
Como antes dije guerras, me explicaré: Nuestros antepasados civilizados concebían la existencia como una competencia permanente, es decir como un conflicto antagónico donde unos ganan y otros pierden, por consiguiente la vida era dividida entre vencedores y perdedores. Para ellos, el gran valor de la sociedad era la competencia, su sino era competir y ganar. Una idea ridícula y que fue terrible en aquellos tenebrosos días civilizados.
La guerra era la máxima expresión de la competencia. La más cruel y violenta. Se destruían pueblos, se invadían países: morían millones de personas como consecuencia de la más atroz estupidez humana. Movidos por la codicia, la ambición de poder y el deseo de conquistar a otros y someterlos a la esclavitud, explotación y saqueo de sus bienes, las élites gobernantes de los Estados más poderosos, organizaban monstruosos ejércitos y los lanzaban como perros rabiosos contra aquellos que deseaban conquistar y someter. Y todo para asegurarse la hegemonía política, económica, militar y cultural.
Para librar esas guerras inventaron armas cada vez más sofisticadas y destructivas; y se invertían cuantiosos recursos para ello. En fin, era un completo derroche de ingenio y creatividad humanas dignos de mejor causa. Esa fue, además de torpe, una de las máximas expresiones de la maldad e ignorancia de nuestros antepasados civilizados.
Algo que ha resultado incomprensible para nuestro pensamiento progenésico fue la actitud y posición asumidas por quienes rechazaban y condenaban aquel estado de cosas, y más aún, luchaban por un mundo de justicia e igualdad. De manera absurda aquellos luchadores se plantearon –ingenuamente- mejorar la civilización o construir una nueva civilización. No lograban comprender que el origen de los grandes males que sufrían estaba precisamente en la civilización misma, en su visión anacrónica e irracional del mundo y en sus conceptos y valores inhumanos, y que por tanto lo que tenían que proponerse era trascender el mundo civilizado y construir un mundo distinto, nuevo, que partiera de una nueva visión del mundo y desarrollara nuevos conceptos y valores.
Como todos sabemos, en la vida las cosas nacen, crecen y mueren o se transforman. Así ocurrió con el mundo civilizado. No podía sobrevivir a tanta irracionalidad humana, a tanto salvajismo y barbarie. Y Así, en medio de profundas crisis de todo género, que casi provocaron el exterminio de toda forma de vida en nuestro planeta, desapareció el mundo civilizado. Para fortuna nuestra, algunos miembros de la especie humana tuvieron la suficiente previsión para iniciar la construcción de lo que ahora es nuestro Mundo Progenésico, y así salvaron tanto a la Tierra como a la humanidad.
Atrás quedaron, en el pasado remoto y para siempre, aquellas ideas estrafalarias de la superioridad de unos seres sobre otros y la torpe creencia de que vivimos para competir, hoy sabemos que la esencia de la vida es compartir, y para las generaciones presentes, palabras como guerra, armas, ejército, enemigos, rivales, opositores, vencedores, vencidos, no tienen ningún sentido.
Ahora, en nuestro presente, todo aquello que fue el mundo civilizado no es sino un doloroso recuerdo, algo que nos hace sentir lástima y vergüenza por nuestros antepasados. Atrás quedaron sepultados en el olvido los doctores, los jueces, los policías, los políticos, los abogados, los sacerdotes, los militares. Igual quedaron sepultadas en el pasado aquellas horribles ciudades donde nuestros antepasados apenas podían sobrevivir atiborrados, amenazantes y amenazados, atemorizados, vigilados, controlados.
Ahora la progenie humana liberada transita alegre, solidaria y feliz su nuevo rumbo.
Antes, existió una vez un terrible mundo civilizado, un capitalismo bárbaro y salvaje, y la humanidad estuvo a punto de ser exterminada…
HABÍA UNA VEZ…UN CAPITALISMO Y UN MUNDO CIVILIZADO
sábado, 27 de septiembre de 2008
Publicado por Ramiro Meneses en 12:54 p. m.
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